El invierno llega a la finca

Con el invierno llamando a la puerta, el olivar respira hondo después del ajetreo. Es un tiempo de calma para dejar que la tierra duerma y el campo recupere su aliento.

Un tiempo de calma para dejar que la tierra duerma y el campo recupere su aliento.

Con el invierno llamando a la puerta, el olivar respira hondo después del ajetreo. Hace apenas unas semanas, las largas jornadas de cosecha llenaban el campo de vida: el ronquido constante de las cosechadoras, el ir y venir de los camiones cargados de aceituna, las voces de los jornaleros marcando el ritmo del día. Ahora, todo eso parece un recuerdo lejano, desvanecido en el aire frío.
Los olivos, ya peinados y aligerados de fruto, se quedan en silencio. Da la sensación de que también ellos descansan, agradecidos por la pausa. Parece que hasta el canto de los pájaros se vuelve más suave, respetando ese sosiego que trae la estación invernal.
La tierra, removida y húmeda, guarda todavía huellas de ruedas y pisadas, testigos mudos del trabajo bien hecho.
En la dehesa, las vacas buscan la protección de las encinas. Se arriman unas a otras mientras el viento corta. Los camiones, que hace nada recorrían los caminos una y otra vez, descansan ahora junto a los cobertizos, con el barro aún pegado en los bajos. Y las máquinas, ya con sus motores apagados, esperan su momento en la nave, oliendo a gasoil y a esfuerzo.
El invierno en La Encomendiña trae sosiego. Es un tiempo de calma tras la faena, el momento de dejar que la tierra duerma y que el campo recupere su aliento. Y entre el olor a leña, el silencio vuelve a instalarse en el olivar y se siente esa paz que sólo llega cuando el trabajo termina y el invierno reclama su lugar.